YEDRA EN EL DESIERTO


06-02-2019 productos frescos en restaurante Viridiana Abrahamj García
productos frescos en restaurante Viridiana

Un fuego despiadado
prendió en aquellos campos.
Después no quedó nada.
Ni la flor de la jara.

 

(José Agustín Goytisolo)

 

No todos los incendios son malignos, me dice.

El fuego regenera el suelo, lo limpia de hierbas parásitas y refuerza los troncos más recios. El problema es que hemos llevado nuestros paisajes a tal estado de precariedad y agonía que los sucesos naturales como el fuego o la lluvia, incluso el calor del sol, se convierten en asesinos despiadados.

La naturaleza no es consciente de sus actos. Esa responsabilidad es nuestra, y la hemos abandonado hace mucho.

Siempre la escucho con más atención de lo que ella misma cree. Sus palabras, valientes y certeras, acerca del presente aguijan mis pensamientos hasta conseguir que afloren las gotas de esa sangre que llamamos memoria.

En la mía reverberan las tardes de verano en que la llevaba de la mano hasta la Fuente de la Teja y, mientras se refrescaba la sandía en su cantar de agua gélida, siempre recién naciendo, aprovechaba para explicarle como los pastores, de espaldas al guarda y a punta de hacha, desmochábamos las ramas tiernas de encinas, fresnos, quejigos… para que nuestras cabras se cebaran con aquel maná verde.

También a escondidas del guarda y los tricornios se talaba la leña. Mi abuelo, un sabio del que sólo he heredado cierto parecido y mi humor de sal gorda, maliciaba si estos, el guarda y los civiles, digo, no se calentaban. Lo cierto es que ignoraban (y yo también) que esos saqueos al bosque, lejos de perjudicarlo, lo favorecían al aligerarlo de maleza y mitigar los daños de los inevitables incendios.

También la aburría con la manera más eficaz de roturar las pobres tierras que el tiempo y el trabajo desaforado de los mayores nos habían legado.

O como buscábamos  soterradas conejeras, camas de  liebre y nidos de tórtola o paloma, que siempre me fascinaron por su austeridad de equilibrista: cuatro palitroques servían para sacar adelante a sus criaturas e incluso, a veces, al ocupa del cuco (reloj del campo a quien, agradecidos, permitíamos que, como el cura, tuviera los hijos fuera de casa).

Sublimando la precariedad, con sus enjutas carnes, un manojo de trigueros y cuatro collejas, nuestras madres o abuelas apañaban el mejor de los almuerzos.

Recuerdos deshilachados que, sin pretenderlo, componían un paisaje dibujado por las aguas del Gévalo, las borrascas de noviembre, el acecho del lobo y la fatiga de pastores y labradores.

Un dibujo dinámico, abierto, que genera y resuelve contantemente sus propias contradicciones.

Me cuenta ella que tras el incendio del Parque Yellowstone en 1988, cuando todos daban por perdido aquel paraje único, la vegetación se regeneró en apenas una década. Que hay plantas, propias de ecosistemas en los que el fuego ha sido habitual desde mucho antes de nuestra aparición, que han evolucionado y entregan al suelo semillas cuya germinación se ve favorecida por la rosa roja (para biendecirlo con Kipling) de la llamarada. Tal es el caso de tojos y aliagas, que arden con celeridad, como si anhelaran la caricia del fuego.

O del pino carrasco, que produce dos tipos de piñas: las que se abren cada otoño y otras, llamadas serótinas, que permanecen a la espera hasta que el humo y la temperatura las despiertan para que los árboles puedan reírse de su propia muerte. Es admirable ese deseo humano, maternal, de perserverar, "de permanecer en su ser" (gracias, Espinosa. Si, ya sé que se escribe Spinoza, pero entre coleguillas...)

Eso, me dice ella, recibe el nombre de auto-organización (los comunistas, que desde siempre nos detestaron a los anarquistas, debieran reconsiderarlo), y es el mecanismo de la naturaleza para desarrollarse; un mecanismo ciego e imparable. Y nosotros no somos capaces ni de ponernos de acuerdo en una reunión de vecinos.

Orgulloso, quiero pensar que algo habrá germinado en mi hija de aquellas tardes entre alcornoques y jaras.

La última Semana Santa, antes de treparnos a las faldas del monte para acometer la tortilla y el bacalao con tomate, pateamos las lindes de un trigal en el que se desangraba la amapola.

-Estas -me dijo, acariciando una flor- son orquídeas.

-¿Orquídeas? No me digas. ¿Y yo arruinándome con la vainilla de Veracruz?

-La de tus postres, y para exhibir el rizoma de sus pendientes, necesita la lluvia del Trópico y el sonido del mar.

-Me temo que el Gévalo ruge poco -farfullé resignado- Antaño cantaba por boca de sus molineros -y de un manotazo me aparté de la cara el tamo de la añoranza.

Un paseo por la dehesa de mi pueblo a finales de abril, cuando las jaras despiertan y el bosque entero pide la oreja, no tiene parangón.

Camino de la cumbre, enfilamos la loma por senderos distintos. Ella buscaba brotes y yo espárragos. Horas después, cuando la vi aparecer con su saco repleto le espeté:

-No me digas que has encontrado setas.

-Sí, demasiadas. Y venenosas. –dijo agitando la arpillera que encerraba una cosecha de latas roñosas, botellas verdeantes, paquetes de tabaco, bolsas de plástico…

El desierto, me dice, crece en el olvido. Tan sólo si mantenemos con vida nuestra manera de hacer, de escuchar y de entender, podremos detener su avance.

En su día (en mi día), las laderas que acunaban mi aldea eran un Mondrian, como nuestra chaqueta (solo teníamos una). Minúsculos rectángulos de siembra condicionados por las herencias.

¿Cómo íbamos a entender allí aquello de "la tierra para quien la trabaja", si la que nos consumía apenas serviría para cubrirnos en la defintiva siesta? Tampoco comprendimos (no estábamos preparados para la abstracción) lo de "más vale vivir de pie que morir de rodillas". ¿Cómo coño íbamos, si no, a recoger las aceitunas?

Y al cura lo mirábamos con recelo en cuanto osaba decir que Dios había tardado ¡nada menos que una semana! en hacer aquel pedregal en el que hasta los alacranes morían de insolación.

Hace ya un costal de años que en Robledillo no se siembra ni un puñado de cereal. Desaparecieron los lobos, las esquilas… y el paisaje, que guardaba un orden y se renovaba cíclicamente con cada cosecha. Ahora ya es tan solo recuerdo. Y en breve, ni eso.

Abandonado el campo y borradas las trochas que dejaba el ganado, mientras una perniciosa idea de sobreprotección permite que la maleza se acumule para que se multipliquen los ciervos, nos hemos resignado al fuego enemigo y sin sentido.

 No hay verano que no tenga su pira.

Quizás el nombre de mi hija haya configurado su carácter, siempre aferrada al terreno, nutriéndose de él sin dañarlo, perenne y creciente, sombra luminosa que contradice la aridez.

En fechas próximas, Yedra García, bióloga investigadora en el Centro de Investigaciones sobre Desertificación, leerá su tesis doctoral acerca de la interacción entre plantas y animales en los ecosistemas dañados por el fuego.

Ambos trabajamos con llamas, con rescoldo, con tizones que aún miramos "con un asombro antiguo". En ese chisporroteo (a veces luciérnaga, a veces Haley) nos unimos aún más.

Como las simientes capaces de germinar entre cenizas, también ella es imparable, tenaz, viva más allá de cualquier circunstancia.

Sobre todo en el desierto contra el que se revuelve.

 

DANDO LA NOTA

Sugiero lean esta crónica en el Huffington Post, donde ha sido publicada con el lujo de detalles que caracteriza a este medio.

 

 

 

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“LA PUERTA ES LA QUE ELIGE, NO EL HOMBRE“
J.L. Borges


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