LA UNIÓN HACE EL VACÍO


27-11-2019 productos frescos en restaurante Viridiana Abraham García
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No hace tanto que me asomé a esta ventana para fijarme en la desdicha de aquel candidato hindú que ni siquiera había logrado el voto de todos sus familiares inscritos en el censo. Si bien gasté cierta guasa con el infoertunado, creo que quedó claro que mis palabras las dictaron la compasión y el afecto que los derrotados merecen.

El mismo afecto que quiero enviar a Helen Mukoro Idisi, cabeza visible del partido Unión de Todos, que ha obtenido treinta y un votos en la circunscripción de Teruel, por la que se presentaba, y que consta en las estadísticas (ese disfraz de lo mediocre) como el partido menos votado en las últimas, por el momento, elecciones. Helen ha mejorado en tres votos su resultado del veintiocho de abril, pero no ha sido capaz de recuperar a los cuarenta y ocho soñadores que le entregaron su esperanza en 2016.

Habida cuenta que para poder inscribir la lista de candidatos en el registro electoral, la señora Mukoro tuvo que recoger las firma de, al menos, cien ciudadanos, queda claro que la amistad es capaz de poner la rúbrica al pie de un documento (“¡No firmes nada, que te pierdes!” le insistía María Luisa Ponte a José Luis López Vázquez en El Verdugo), pero no de cambiar la intención de voto. Aunque siempre podrá consolarse pensando en la inesperada marea con la que la plataforma Teruel Existe ha barrido el mapa electoral de la provincia.

Siempre me han llamado la atención los partidos de microscopio (única manera de verlos), desde aquellos que, en las primeras elecciones de la actual democracia, acumularon sobre los pupitres de los colegios las papeletas correspondientes a todos los grupos que habían atravesado el desierto de la resistencia a la dictadura, hasta los excéntricos que deciden presentar pelea en el uniforme y aburrido panorama actual.

Y no me olvido de algún que otro grupo de avispados que inscribieron partidos falsos con el fin de acceder al censo electoral y aprovecharlo para fines publicitarios más bien oscuros.

Declaro desde ya mi amor a todos esos locos que no se resignan a que sus ideas de regeneración política se queden dando vueltas en la medianoche, sin más público para escucharlas que el techo del dormitorio. Románticos incurables que piensan que un mensaje claro pegado en fachadas y farolas (imagino que no más de quinientos carteles, habida cuenta las tarifas que gastan las imprentas) puede hacer mella en las ideas de sus vecinos y decidirlos a unirse a la aventura.

Nada que ver con las cien derechas que añoran el franquismo, y que han decidido guarecerse bajo la calentita manta verde de Vox, ni con los partidos comunistas escindidos de las escisiones que tuvo el Partido Comunista de España en décadas ya lejanas, y que aún garabatean con pintadas las tapias de los polígonos industriales.

Me refiero a los fieros abuelos del Partido Demócrata Social de Jubilados Europeos, versión electoral de los Panteras Grises que todavía plantan cara en las manifestaciones.

O al movimiento Escaños en Blanco, que propugna la asignación de escaños vacíos a las papeletas que no muestren impresión alguna.

O al Partido Republicano, Independiente Solidario Andaluz (Partido RISA), formado por aguerridos ciudadanos jiennenses decididos a terminar con las guerras y la pena de muerte.

O Muerte al Sistema, turolenses que dejan claras sus intenciones desde el nombre.

O, por supuesto, Teruel Existe (¿qué llevará el agua del Alfambra?), que ha logrado un escaño reivindicando cuestiones tan absurdas como una línea de tren decente o un hospital para la provincia. Irresponsables que piensan que los poderes públicos están para solucionar esos asuntos.

Y permítanme un recuerdo con sonrisa ambigua para el Partido Carlista de Carlos Hugo de Borbón, pretendiente requeté al trono de España que sostenía ideas emparentadas con el socialismo autogestionario. No consiguió llegar al parlamento, pero formó parte de la primera Izquierda Unida, lo que supuso más de un quebradero de cabeza para los muchachos de Gerardo Iglesias, hartos de explicar por qué se habían coaligado con los de la boina roja. No tardaron mucho en romper el enlace por franca incompatibilidad de caracteres.

Helen Mukoro Idisi y sus compañeros lo han intentado. Se reconocen progresistas, ambientalistas, pacifistas e integradores.

Han querido constituirse en voz para los inmigrantes, los precarios y cuantos están al borde del cataclismo. No lo han logrado, pues los mismos implicados han preferido confiar en otras siglas, en otras actitudes.

Pero su empeño merece todo mi respeto, más allá del chiste que, inevitablemente, provoca su exiguo resultado.

No me quedo con las ganas de decir que si doy la vuelta al periódico, han ganado las elecciones.

O que las partes han resultado ser mayores que todos.

O que pueden celebrar su próximo congreso en el bar de la esquina.

Sé que Helen Mukoro me lo perdonará. Además de excéntricos, quienes viven en la utopía suelen tener un muy vivo sentido del humor.

Cierto amigo de juventud que deambuló por militancias trostkistas se preguntaba qué debía hacer si el día en que la vanguardia proletaria se lanzara a las barricadas, los paseantes aplaudían y tiraban monedas.

Debía de convivir en su célula con todos los avinagrados del movimiento, pues fue inmediatamente expulsado en cuanto su duda se hizo pública.

Conociéndolo como lo conocí, sé que habría recogido las monedas, se habría ido al bar y habría vuelto a la lucha con la cerveza suficiente para resistir los embates de la reacción y de la resaca.

 

Viridiana


“LA PUERTA ES LA QUE ELIGE, NO EL HOMBRE“
J.L. Borges


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