ASUSTADOS DE SÍ MISMOS


28-12-2020 productos frescos en restaurante Viridiana Abraham García
productos frescos en restaurante Viridiana

(Ilustración de Carlos Alejándrez "Otto")

 

Más de una vez, cuando niños, en cualquiera de aquellas tardes en que los de mi quinta vagueábamos sin echar ni tan siquiera media ojeada a las cabras que los mayores nos habían encomendado (para qué, si sabían volver a casa mejor que nosotros), tampoco al cuaderno de cuentas que el maestro descubriría a la mañana siguiente (¡otra vez!) sin nada más que el blanco bajo la raya de la división, nos dedicamos a fantasear sobre lo que nos esperaba al otro lado de la rasante que coronaríamos en unos cuantos años.

Nuestros sueños de vida adulta no eran, que se diga, delirios de grandeza. No sesteaban bajo la encina ni cachorros de astronauta ni exploradores árticos. Ni siquiera un torero de postín o un futbolista convocado para la Selección.

Tampoco supe de nadie que sintiera la llamada de la fe, quizás porque las experiencias habidas con los curas apocalípticos que habían pasado por mi aldea habían bastado para acabar con cualquier vocación religiosa.

Empapados de realidad y tierras de secano, a lo más que aspirábamos, si sufríamos una sobredosis de imaginación, era a conquistar Madrid. Ese era el sueño más alto que nos atrevíamos a vislumbrar.

Cierta tarde, mientras recogía, en dura pugna con las hormigas, las últimas lascas de queso de la peña sobre la que habíamos dispuesto la merienda, alcé los brazos, saqué pecho y, ahíto de soberbia, proclamé ante mis camaradas (humanos y caprinos) que, de mayor, iba a comerme el mundo.

Lo que no sospeché es que iba a cumplir aquella promesa de manera literal.

Nada cocinado me ha sido ajeno, y muy poco de lo crudo. Nunca me han detenido prejuicios acerca de la latitud y longitud en que se sitúa la mesa o del color del cocinero. Ni siquiera me ha echado atrás el color del plato.

Aunque, ya lo he dicho en alguna ocasión, lo más exótico y extraño que me he llevado a la boca ha sido una paella en su punto.

Comerse el mundo ha de ser el deseo de los jóvenes. El primer paso en cualquier tarea lo da el ansia de conquista. Ya llegará la edad para sopesar lo conseguido y lo frustrado. Cuando el espejo nos devuelva una imagen encanecida, será el momento de calmar el espíritu y dar por buena la nota a pie de página que dejamos por legado.

Bastante es si el esfuerzo ha merecido la pena.

Sin embargo, no faltan quienes dieron un buen mordisco a la vida en el primer momento y luego se desvanecieron. Más de un paseo he dedicado a tratar de ponerme en el lugar de quienes recularon cuando se habían situado tan adelantados al pelotón.

Imagino que es normal el cambio ideológico parejo a la vejez. El tiempo nos debilita, nos hace cobardes y nos halaga con las promesas de seguridad y permanencia que ofrece una ideología conservadora. Y conste que nada reprocho a quienes así mudan, salvo que cambien el pensamiento avanzado por la admiración hacia los criminales.

Julio Camba, el maestro de la columna que odiaba escribir y maldecía ser periodista de sueltos breves “que son los que lee la gente” (lo que le obligaba a esmerarse) transitó desde el anarquismo que aprendiera de adolescente en Argentina (y que le llevó a ser interrogado durante las pesquisas por el atentado contra Alfonso XIII debido a su amistad, la de Camba, se entiende, con Mateo Morral) al desengaño, que siempre tuerce a la derecha, pasando por el republicanismo, el antirrepublicanismo, el apoyo a Franco y la desidia ante el franquismo. Instalado en una habitación del Palace hasta su muerte, el bridge y la gastronomía le bastaron para olvidar y dejar una obra exigente, cínica y de espaldas a cualquier tentación de callejear.

Tampoco entiendo el cambio que experimentó la mente del buen Xavier Domingo, del que he bebido tanta sabiduría cada vez que nos hemos reunido con una botella entre ambos.

Su agilidad mental y su ironía eran temibles. Hizo del insulto un arte y de la ferocidad, literatura.

Él, que fue trotskista de joven y, se dice, arrancó adoquines en París (aunque nunca presumió de la hazaña), cambió de rumbo tan desaforada y agriamente que las sobremesas junto a él se convirtieron en indigestiones. A raíz de un artículo en el que vertió opiniones injustificables sobre los vascos, se le retiró el Tambor de Oro que le entregara el ayuntamiento de San Sebastián (aunque se encomendó a santa Rita y se quedó con el diploma y el tamboril).

Más doloroso fue leer su apoyo a las triquiñuelas y el juego sucio con que el gobierno de los Estados Unidos armaba a la contra nicaragüense.

Son muchos los que se han sentido más y más lejos de su pasado a medida que este ha ido acumulándose. Me parece, insisto, normal y en absoluto reprochable (con las salvedades que ya les he indicado). Pero me cuesta entender el silencio en que han caído algunos creadores a los que bastó marcar un primer acorde para desbaratar la sosa melodía imperante. Hombres que, quizás, se asustaron de su propia audacia y prefirieron fingir que no habían puesto un pie en la calle.

Mucho me duele el silencio, que no fue tal, de Manuel Summers.

Retorció la estética de la crueldad en sus viñetas para La codorniz y Hermano lobo, con aquellos tullidos de trazo claro, expresión amable en la que no faltaban los mofletes rosados de angelote de saldo, y mala leche para estropear todas las natillas del mundo (impagable la viñeta en que el perro lazarillo acerca el ojo a la cerradura del lavabo de señoras y es el ciego el que sonríe).

Ante la máquina de escribir, y detrás de la cámara, sostuvo una actitud personal, sabia, plana de erudición cinematográfica y de humanidad, cuyas consecuencias aún no se han calibrado con justicia.

Su capacidad de entregar el ritmo de la película a los actores, de manejar el silencio con elegancia, sin alardes técnicos, de conspirar en el guion con la realidad, lo convirtieron en uno de los cineastas más originales de Europa. Su primer largometraje, Del rosa al amarillo, exploraba el primer y el último amor, la tensión de los cuerpos que aún no se saben y la de los cuerpos que ya olvidan (hubo quien se escandalizó al ver en la pantalla a dos ancianos deseándose mutuamente. Desgraciadamente, nunca ha sido escasa la cosecha de imbéciles en España).
La niña de luto, estoy convencido, despertó la envidia de Billy Wilder, que hubiera dado más de un dedo por tener ese guion al alcance (Rossellini, de seguro, hubiera entregado la mano entera). Manolo no necesitó más que las calles de Palma del Condado, a sus habitantes ejerciendo la figuración, a Alfredo Landa dando la primera de muchas lecciones y a María José Alfonso (¿cuándo otra actriz como ella?), para colocar una bomba incendiaria en el culo de la gazmoñería y el oscurantismo.

Juguetes rotos es puro Buñuel y es más que Buñuel. El documental en el que toreros fracasados y boxeadores sonados repasan su vida, más Gorostiza, el jugador de fútbol que murió alcoholizado, y la actriz Marina Torres, es un golpe de conciencia difícil de aceptar porque nos señala una y otra vez, porque sucede demasiado cerca, porque es más fácil, en fin, que sea nuestro lazarillo el que vea la realidad del espectáculo y que nosotros nos limitemos a sonreír.

Sé que hubo otras películas, incluida una trilogía de bromas con cámara oculta, que puede que le dieran dinero a espuertas, pero prefiero pensar que Summers dejó el cine tras la última claqueta de Juguetes rotos.

Del mismo modo, preferí amordazarme los oídos con algodón cuando comprobé que su lucidez, su ironía, su ternura desengañada, se echaban a un lado para dejar paso a las peores chanzas al servicio de la derecha más rancia. Escuchar sus intervenciones en la radio bailando el agua a los señoritos tuvo el efecto de un laxante triste e incomprensible.

Aún se me viene Manolo Summers a la cabeza durante mis paseos. Su deserción me dejó a solas como pocas lo han hecho. Era un genio que decidió degradarse.

Todos hemos querido comernos el mundo.

Lástima que a veces el desencanto nos quite el apetito.

 

 

 

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“LA PUERTA ES LA QUE ELIGE, NO EL HOMBRE“
J.L. Borges


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